LAS MUJERES EN LA INDIA, NO CUENTAN PARA LOS INDUES

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Andaos con ojo, maridos violentos, policías untados, políticos corruptos, burócratas indolentes… Ahí fuera hay una mujer dispuesta a no dejaros pasar ni una más. Se llama Sampat Pal. No está sola. Tiene detrás a otras 100.000 como ella. Lucharán juntas hasta donde haga falta contra la injusticia en India. Son las guerreras del ejército de los saris rosas.

Su comandante en jefe acariciará tu rostro cuando le mires a los ojos por primera vez. No hay que dejarse engañar. También parece querer sacarte las entrañas mientras te sondea. Así es Sampat Pal. Impredecible. Cariñosa cuando quiere. Agresiva si es necesario. Puro nervio. Un terremoto de 47 años y poco más de metro y medio de estatura. “¡Gulabi Gang vencerá!”, grita al conocer cualquier fechoría merecedora de la intervención del Gulabi Gang, la banda del color rosa. Sus huestes responden al grito de guerra blandiendo los lathis, esos garrotes que emplean como único medio de defensa personal. “Hoy habrá movida”, susurra Sampat guiñando un ojo. Y sube al jeep que zumbará por la destartalada carretera de Atarra. Cien soldados esperan ansiosas la llegada de su líder para llevar a cabo una marcha por las calles de Fatehpur.

Atravesamos el corazón de Bundelkhand. Esta deprimida región al norte de India pertenece al Estado de Uttar Pradesh, el más poblado del país, con 175 millones de habitantes. La pobreza campa aquí a sus anchas, lejos del milagro económico orquestado por el primer ministro, Manmohan Singh, a principios de los noventa cuando ocupaba la cartera de Finanzas. El monzón que asoma a principios de julio está a la vuelta de la esquina. El calor y la humedad son sencillamente insoportables. Esquivamos vacas, tractores rebosantes de fardos de paja, camiones, bicicletas y motocarros atestados de gente. La carretera es un río humano. Hombres, mujeres y niños caminan desde primera hora hacia las bombas de suministro de agua en busca de aseo y refresco. Sampat señala el pueblecito de Kairi desde la ventanilla del vehículo. “Ahí nací yo”. Ahí comienza esta historia.

La pequeña Sampat vio la luz entre arrozales, búfalos, ovejas famélicas que beben en aguas inmundas y parias tendidos a la sombra de los chamizos. Nada de todo eso parece haber cambiado en cinco decenios. Hija de pastores, ambos analfabetos y miembros del clan de los Gadaria, estaba destinada a no ir al colegio. Debía aprender a cuidar rebaños y a elaborar chapatis, las deliciosas hogazas de pan indio. Su familia sólo esperaba de ella que se convirtiera pronto en joven esposa. Demasiado pronto.

La niña mostraba interés por aprender otras cosas. El alfabeto, por ejemplo. Su tío Kakka convenció a sus padres para que la dejaran ir a la escuela durante dos cursos. Pero nadie pudo evitar que contrajera matrimonio a los 12 años. “Perdí la virginidad siendo impúber”, ha contado en el libro sobre su vida, El ejército de los saris rosas, publicado en España por la editorial Planeta. Hoy, con la mirada perdida y los ojos vidriosos, rememora: “Aquella terrible experiencia me hizo desarrollar una especial empatía hacia el dolor y el sufrimiento de las mujeres”. Quizá fuera el detonante de todo lo que vendría después. Una vida entregada al activismo social. Desde la organización de talleres de costura para mujeres hasta la fundación, en 2003, de una especie de ONG para el desarrollo y la financiación de pequeños grupos de trabajadoras. Sampat también comenzó a mediar en conflictos entre vecinos y familiares. Y a enmendar la plana a maridos violentos. “Llevábamos a cabo actividades cada vez más combativas. Me seguían las trabajadoras. Un día pensé: ‘¿Por qué no llevar un uniforme que nos distinguiera al realizar nuestras acciones? Podría significar que algo nuevo estaba pasando en este rincón de India. Algo hecho exclusivamente por mujeres”.

Así nació, en marzo de 2006, el ejército de los saris rosas. Con apenas 25 soldados, de entre 40 y 60 años. Muchas de ellas, viudas. “Hoy somos casi 100.000. Quise crear una unión femenina, una unión poderosa”, explica su fundadora. “El color rosa que vestimos significa revolución. Luchamos contra la dominación masculina imperante, contra los padres que no permiten a sus hijas recibir educación y apañan sus matrimonios siendo niñas. Ayudamos a mujeres maltratadas, pero también a pobres y parias humillados por los brahmanes de casta superior. También nos enfrentamos a los pradhans, los jefes de gobierno de los pueblos. Muchos son corruptos, no se preocupan de dar trabajo a los necesitados, ni llevan a cabo un reparto justo de la propiedad de las tierras”.

El ‘jeep’ se detiene a las afueras de Fatehpur. Un centenar de mujeres vestidas de rosa se arremolinan en torno al vehículo. Han venido caminando desde varios pueblos a la redonda. Muchas de ellas son dalits o intocables. Forman parte de las castas más bajas del sistema indio. Algunas no tienen dónde dormir. Están hartas de la falta de agua potable, de las irregularidades y cortes en el suministro eléctrico, de que los gobernantes se repartan las tierras del pueblo e impidan que los ciudadanos puedan trabajarlas, de vivir bajo el umbral de la pobreza, pero sin acceso a los documentos que reconocen esa condición y facilitan la compra de alimentos de primera necesidad. “¡Gulabi Gang vencerá!”, gritan todas al ver a su comandante en jefe bajar a duras penas del vehículo. Hace tres meses sufrió un accidente al caer de un tractor. No será obstáculo para que marchen juntas hasta el centro de la ciudad. Pretenden entregar en mano al magistrado de distrito un memorando donde denuncian todas estas injusticias.

Hemlata Patel, de 40 años, es responsable del Gang en la zona. Asegura tener bajo su mando entre 2.500 y 3.000 soldados.

-¿Por qué se alistó en este ejército?

-Para combatir por las que visten el sari rosa. Nos juntamos para luchar. Somos compañeras de batalla. El resto del tiempo, cada una sigue su vida. No estoy aquí por dinero. Tengo tres hijos y un marido. Y me apoyan.

Hemlata presenta a una de sus reclutas más jóvenes. Manja tiene 25 años. Es hermosa y

fuerte. “Estaba desesperada. Sin trabajo, sin familia, nada. Ahora tengo fe en que las cosas pueden cambiar si luchas. Juntas sentimos que tenemos fuerza. Mucha fuerza. Es todo lo contrario a estar sola y triste. Unidas nos enfrentamos hasta con la policía, si es necesario. Y no tengo ningún miedo de hacerlo. Sé que todas estas mujeres estarán junto a mí para defenderme”.

Las soldados despliegan una pancarta: “Vamos, mujer. ¡Despierta! Enfréntate a los ataques contra ti. Abraza la antorcha de la luz contra la injusticia”. Es la una y media de la tarde. La marcha arranca bajo un bochorno de casi 50 grados. Una marea rosa se cuela entre los coches. Alzan sus garrotes. Interpretan cánticos. Los hombres observan el espectáculo, entre desconcertados y nerviosos, desde las puertas de los talleres, los comercios, los cafetines y puestos de mangos. Media hora más tarde, la concentración toma pacíficamente la Corte de Distrito de Fathepur, sede del Gobierno provincial.

Hasta el despacho del magistrado de distrito, Saurabh Babu, llegan gritos de guerra. “¿Dónde estás, magistrado?, ¿por qué no quieres hablar con nosotras?”. Babu se lo pensará 20 minutos antes de salir. Dos hombres con fusiles guardan sus espaldas. Sampat Pal sube el tono. Estalla como un volcán para denunciar cómo dejaron sin tierra al marido de esta mujer. O por qué aquélla tiene dificultades para dar agua a su bebé. La vida no es fácil aquí en Uttar Pradesh.

Quizá lo verdaderamente importante, con independencia de la menor o mayor diligencia con la que este dirigente afronte los problemas que acaba de conocer de primera mano, es que hoy no podrá escurrir el bulto. Al menos por un día, reconocerá cuánto hay de verdad en lo que está escuchando. Si no mueve ficha después de esta visita, sus problemas irán en aumento. La comandante en jefe advierte: “Estaremos pendientes de lo que seas capaz de hacer. Y si no haces nada, volveremos. Quizá no seamos tan educadas la próxima vez”. Sampat Pal está satisfecha. Arenga a sus tropas antes de despedirse: “¡Cuidaos, permaneced atentas a los problemas de las mujeres! Recordad esto siempre: unidas sois más fuertes”.

Al día siguiente visitamos el cuartel general de la banda en Atarra. El austero bajo de una pequeña vivienda sirve de oficina y morada. Una estancia compartida con Jay Prakash. Su mano derecha. “Él es mi guía. Un amigo. Un hombre muy honesto. Lamentablemente, soy analfabeta. Él lleva el papeleo de la organización. Nos conocimos en 2004, cuando yo estaba formando los grupos de trabajo de mujeres. Hoy compartimos pensamientos, ideología. Vivimos bajo el mismo techo, pero cada uno tiene su familia. Él la suya y yo la mía”. Y punto.

Esta mañana también hay un policía en la morada de Sampat Pal. La visita no se parece en nada a los violentos registros que sufrió en el pasado tras ser falsamente acusada de mantener contactos con la guerrilla naxalita, de origen maoísta. “Tener enemigos es inevitable cuando diriges un ejército”, asume ella. “Algunos me han amenazado de muerte. A los corruptos no les interesa que las cosas cambien por aquí”. La comandante conversa apaciblemente con el agente entre aromas de pachuli y el lamento de las aspas de un ventilador. Junto a ellos, sentados en un banquito de madera, cinco miembros de la misma familia atienden al parlamento. Un joven escuálido muestra la brecha en su cráneo. Se ha visto envuelto en una trifulca familiar provocada por la disputa de la propiedad de una casa. El muchacho se llama Sushil. Tiene 24 años. Aparenta más. “Conozco muchos problemas como éste. Problemas pequeños, de cada familia”, justifica el policía con desgana. Sampat le ha invitado a su casa para hacerle entender que debería ocuparse de estos asuntos. Y el agente se saca un moco mientras escucha.

La mujer que ha venido con su familia a pedir ayuda a las guerreras de rosa tendrá que alistarse si quiere recibir amparo. El peaje son 170 rupias por el ingreso y otras 100 por el sari. Así funciona esto. Nada aquí es gratuito. “Pero es la mejor forma de que el compromiso se convierta en algo a largo plazo y no en solución rápida a un problema concreto. Nuestro Gang se fundó para afrontar empresas con muchos frentes abiertos. Es necesario formar parte de esta historia con todas las consecuencias. Ahí reside también buena parte de nuestra fuerza”.

Así empiezan muchas. Como esta mujer desamparada. Así empezó Sampat Pal. Harta de que ninguna administración escuchara sus quejas. Y de que hasta su marido le aconsejara olvidarse de los problemas de otros. Conflictos que conforman el paisaje cotidiano de los casi 50.000 habitantes de Atarra. Por eso cada vez más mujeres se lanzan en brazos de la fundadora del Gulabi Gang.

-¿Es usted feminista?

-Sí. Me gusta lo que eso significa. Trabajar para otras mujeres. Y hacerlo en su compañía. Empujarlas a que sean independientes, a que tomen las riendas de su vida.

-Usted se declara antiabortista.

-Estoy en contra del aborto y el divorcio.

-¿Defiende el uso de la violencia?

-No. Estoy en contra de la violencia. Pero si es necesaria para protegerme, por supuesto que la empleo. Hasta donde mi lathi me permita. Hay otras armas, cuchillos y pistolas. Pero no creo en su uso. Si tenemos que ser duras, lo somos con el lathi, propio de los pastores de esta tierra. Si me atacan, me protejo. No sé poner la otra mejilla.

Relativamente al margen de las peripecias de su madre y esposa, la familia de Sampat sigue con su vida en la vecina localidad de Badausa. Munni Lal, de 55 años, es su marido. Permanece sentado a media mañana junto a la puerta de su vivienda. Hace unos años repartía helados y cubitos de hielo con una bicicleta. Ya no trabaja. Sus cinco hijos y algunos de los 11 nietos le acompañan. “Me gusta lo que hace mi mujer, creo que está bien”, afirma. “Al principio tuvimos muchos problemas con los vecinos. A ella y a mí nos acusaban de meternos en los asuntos de la gente. Por eso nos mudamos de Gadaria a Badausa en 1995″.

-¿Echa de menos a su esposa?

-A veces. Quisiera tenerla más conmigo.

Y ella, reconfortada por las palabras de su marido, responde: “Una de las cosas que le agradezco es que no me haya dejado”. Enseña orgullosa a su familia. Y se muestra satisfecha por lo que ha logrado. “Hice todo lo que soñaba. Y aquí tienes a mis hijos; han recibido una educación, son personas de provecho. Habrán podido echarme de menos, pero yo nunca dejé de estar pendiente de ellos. Creo que mi caso demuestra que se puede ser independiente, tener un trabajo y una vida, y cuidar de una familia”.

Hay que seguir la marcha. Otras mujeres esperan escuchar estas palabras. Conducimos hasta Allahabad. Allí florecerá la vis política de Sampat Pal entre discursos, cantos y consejos, no sin antes enfrentarse a una mujer de la localidad de Mau que ha desahuciado a su cuñada y llevarla hasta la comisaría de policía. La comandante en jefe del Gulabi Gang concurrió a los comicios legislativos de 2007 como independiente. Sólo obtuvo 6.500 votos. No guarda un buen recuerdo de su fugaz carrera de candidata. Ni de lo que rodea a los partidos.

-¿Qué opinión le merecen los políticos?

-Aquí, en Uttar Pradesh, ni los políticos ni la burocracia explican lo que hacen con el dinero público.

-¿Y Kumasi Mayawati, jefa de Gobierno de Uttar Pradesh, erigida ante los de su casta como la reina de los intocables?

-¿Qué puedo decir de ella? Juega con la gente. Primero pensé que podría ser una salvadora de los pobres. Pero es un espejismo. Está traicionando a su gente, a los parias, al reunir a todas las castas en su partido.

-¿Recibe su ejército algún tipo de subvención pública?

-En absoluto. No queremos dinero corrupto. Nuestros únicos ingresos son las cuotas de las afiliadas y las donaciones.

-¿Y usted de qué vive?

-De explotar unas tierras familiares.

La máxima autoridad en el territorio donde Sampat Pal ejerce la gran parte de su actividad es el magistrado de distrito de Banda. Ranjan Kumar ronda la treintena y lleva dos años en el cargo. Recibe a media mañana, recostado en un sillón de cuero de su enorme despacho. “Sampat Pal no es nada extraordinario”, asegura displicente. “No es muy diferente al resto de líderes locales que suelen aparecer. Qué quieres que te diga, me merecen más respeto los elegidos por el pueblo”. El joven Kumar reviste su discurso con la grandilocuencia propia de las élites burocráticas. “Si tenemos conocimiento de que se hace algo ilegal, lo investigamos. Estamos abiertos a la gente aquí, de diez a doce de la mañana. La policía también está abierta”. Ante las quejas ciudadanas, argumenta: “Es cierto que cuanto más desciendas en la burocracia, la actividad se reduce. Cuatro magistrados de distrito tenemos 650 localidades bajo nuestra responsabilidad. Vigilar el dinero hacia abajo no sólo es difícil, sino imposible. Mi departamento recibe del Gobierno alrededor de 30 millones de rupias de presupuesto para un año. Con esa cantidad gestionamos, entre otros, el programa rural de empleo garantizado de 100 días anuales, al que van destinados unos diez millones de rupias. Los ciudadanos dicen: ‘Dadnos dinero’. Pero no reclaman cosas para el interés común. Viven por su único interés. Si los pueblos no demandan cosas concretas, la burocracia permanece inactiva. Por ejemplo: quisimos implantar el suministro de agua potable, pero los vecinos nos dijeron que preferían seguir con el sistema de bombas de presión. Ante eso, ¿qué más puedes hacer?”.

No lejos de este despacho y su aura oficialista, a unos cinco kilómetros, vive Krishna Gupta. Tiene 46 años. Fue de las primeras que se enrolaron en la banda de Sampat Pal. Todo lo que recibe de la burocracia son 300 rupias (menos de cinco euros) mensuales de pensión. Tiene su pierna derecha inutilizada por la polio. Acude a trabajar cada mañana a la oficina de Correos. Nadie quiso escuchar su historia cuando acudió a la comisaría para denunciar malos tratos de su marido. “De él sólo he recibido palizas y malas palabras desde que nos casamos”, cuenta. “Jamás me habló de amor. Incluso hoy, su comportamiento es muy abusivo. Nunca he sentido cariño por parte de mi familia. Sólo lo encontré en mis amigas, en las mujeres con las que comparto lucha”.

Ellas decidieron un día que la situación de Krishna era insostenible. Sampat reunió una avanzadilla y se enfrentaron a su violento marido. “¡No vuelvas a ponerle tus sucias manos encima! ¿Has entendido?”. La respuesta de él fue una amenaza. Sampat no quiere entrar en detalles, pero Krishna reconoce que tras un segundo encontronazo con las del sari rosa su marido nunca volvió a pegarle. Al asomarse al retrovisor de su vida, Krishna encuentra una infancia llena de confusión y tristeza. “Me casaron con 11 años. Él tenía 26. Lo recuerdo como algo extraño, casi irreal. Eres una niña y, de repente, de un día para otro… ¡llega hasta la puerta de casa la procesión de tu matrimonio!”. Sampat y Krishna se parten de risa fundidas en un abrazo. Cómplices. Refugiadas en una carcajada ante lo que han soportado. Krishna tiene tres hijos. Dio a luz al primero con 13 años. “No sé ni cómo llegué a ser madre”. Las dos amigas pasean por la orilla del río Mandakini, entre viejos sadhus y niños que chapotean en sus aguas. Como Krishna, cada vez más mujeres de India sienten que ya no están solas. Un torrente de color rosa corre por Uttar Pradesh. Sampat Pal está dispuesta a escuchar sus problemas. Y a empuñar el lathi contra la injusticia. “Mis sueños se hicieron añicos de niña”, suspira Krishna. “Hoy soy feliz. Mis hijos están sanos. Tengo trabajo. Y sé que mis amigas, que este ejército luchará por mí si alguien vuelve a intentar hacerme daño”. 

‘El ejército de los saris rosas’, de Sampat Pal, está editado por Planeta.

EL NUEVO OFICIO DE ABUELO

Según el último informe del Imserso Las personas mayores en España 2008, más del 72% de los abuelos cuidan o han cuidado de sus nietos. Una situación común en nuestro país – sobre todo en los meses de verano- que puede ocasionar estrés y sobrecarga física y emocional en los mayores de la familia. Es lo que los expertos llaman el síndrome del abuelo esclavo. Suele suceder en personas que han suplido totalmente su anterior labor (trabajo, cuidado de los hijos…) con la nueva tarea de ser abuelos, sin tener la oportunidad de buscar otras inquietudes y motivaciones. La psicóloga y terapeuta familiar Cristina Llagostera considera que, para evitar llegar a este extremo, es importante respetar y escuchar la voz de los mayores, reconociendo su capacidad de decidir, por ejemplo, cuándo quieren o pueden tener a los nietos: “Lo primordial es que la labor de cuidado sea satisfactoria para el abuelo y no la sienta como algo impuesto. Si es necesario, deberá poner límites y pensar un poco más en sí mismo. Esto no significa ser egoísta, sino cuidarse para poder cuidar mejor”. Al mismo tiempo, existe hoy una creciente revalorización de la figura de los abuelos como influencia positiva y esencial en el desarrollo de los pequeños de la casa. Apoyada incluso por el recién electo Barack Obama, quien, poco después de convertirse en presidente de Estados Unidos, citó durante una entrevista a su suegra, Marian Robinson, como una pieza indispensable de la campaña que le llevó a la victoria. No en vano, ella se encargó de cuidar a sus hijas, Sasha y Malia, de 7 y 10 años, mientras el matrimonio Obama se sumergía de lleno en la apretada agenda de las elecciones. Sin su ayuda, ¡la política mundial podría estar ahora escribiendo una historia muy distinta! De ahí también que el primer presidente afroamericano anunciara que la madre de su esposa se mudaría con ellos a la Casa Blanca, remarcando el importante papel de esta primera abuela no sólo en la crianza de sus niñas, sino también en su bienestar psicológico, aportándoles una más que necesaria sensación de estabilidad. Palabras que, lejos de caer en saco roto, originaron en Estados Unidos un movimiento en torno al grandma power (poder de abuela) de Marian Robinson y en general de todos los abuelos del país. Precisamente, lo mismo que defienden Gemma Herráiz Segarra y María Gutiérrez Benítez, gerontólogas y autoras del libro Escuela de abuelos. Proyecto intergeneracional (Rústica, 2007), para quienes los abuelos son hoy más necesarios que nunca: “Hemos pasado de considerar a los abuelos como personas longevas, miradas entre deferencia y respeto, y que por su avanzada edad tenían mermadas sus funciones físicas y psíquicas, a verlos como personas activas, despiertas, formadas, con mayor calidad de vida y que llegan a convivir durante muchos años con sus nietos, además de ser una figura complementaria y fundamental en la educación de las generaciones más jóvenes”. En esta línea, una investigación realizada por la Asociación Americana de Psicología, publicada el pasado mes de febrero, afirmaba que los niños que pasan tiempo con sus abuelos presentan a la larga mejores habilidades sociales y menos problemas de comportamiento en la adolescencia, conclusiones que se hacían especialmente notorias en los casos de hijos de padres divorciados. “Es evidente que hoy en día la relación entre padres e hijos está expuesta a muchas situaciones inquietantes: rupturas matrimoniales, trueques y reajustes, familias resultantes de diversas uniones con hijos de varias procedencias, etcétera. Pese a todos estos cambios en la estructura familiar, hay uno que no se produce: el abuelo siempre será el abuelo pase lo que pase. Y es en este punto donde adquiere mayor importancia su papel”, añaden Gemma Herráiz y María Gutiérrez. Además de ser un referente sólido y no cambiante que confiere seguridad y estabilidad a los pequeños, los abuelos son también primordiales a la hora de transmitir determinados conocimientos: “A través de sus relatos, los niños aprenden la historia familiar, los valores y creencias que dan lugar al sentido de pertenencia. No hemos de olvidar que sentirse parte e incluido en una famioelia resulta un aspecto esencial para la identidad personal, pues proporciona confianza, apoyo y solidez”, comenta Cristina Llagostera. Pero los más jóvenes no son los únicos que sacan provecho de esta relación. El intercambio es positivo en ambas direcciones: para los abuelos, los nietos pueden suponer una estimulante inyección de alegría y novedad, aportando un nuevo sentido a su existencia, así como una oportunidad para sentirse útiles cuando deben abandonar antiguos papeles y tareas. La conexión con la novedad, por ende, favorece la autoestima y mejora la memoria, dando como resultado una mejor calidad de vida. Así las cosas, el papel de los abuelos está hoy lleno de matices, a medio camino entre la distancia (para evitar sentirse esclavizados) y la proximidad (su labor como conciliadores y coadyuvantes de la educación de los nietos). Dentro de este marco social tan complejo, los expertos han comprobado que la solución se encuentra en el aprendizaje intergeneracional, es decir, en la creación de espacios destinados a la relación entre generaciones y a su aprendizaje conjunto. Son las llamadas “escuelas de abuelos” que hoy proliferan en multitud de municipios españoles, impulsadas por los ayuntamientos en colaboración con distintas asociaciones. Su fin es ayudar a las personas mayores a adquirir conocimientos y habilidades que les permitan mejorar la relación con sus familiares, a entenderlos y hacerse entender, así como tomar conciencia de su valor a nivel social. Muchas de ellas, además, organizan talleres durante las vacaciones estivales a los que pueden acudir los abuelos con sus nietos y realizar una actividad en común. “Según la Organización Mundial de la Salud, así se salvan las diferencias generacionales, se mejora la transmisión de los valores culturales y se fomenta la valía de todas las edades. Los estudios confirman que los jóvenes que aprenden con sus abuelos adoptan actitudes más positivas y realistas respecto a las personas mayores”, añaden las gerontólogas Gemma Herráiz y María Gutiérrez. Aunque no ha sido en una de estas escuelas donde los abuelos y nietos de este artículo han conseguido establecer una relación única y enriquecedora, sí se puede decir que han comprobado en su propia piel las bondades que supone llevar a cabo una actividad conjunta. A través del deporte, la música, el arte o un juego, los ratos en compañía les han servido para conocerse mejor, aprender a comunicarse de tú a tú y, lo que es más importante, pasárselo bien. Son abuelos que han aplicado su particular fórmula para ejercer como tales y sentirse realizados al mismo tiempo, centrándose en el disfrute que supone compartir una afición y propiciando de este modo una envidiable complicidad. Dos generaciones que, pese a la evidente distancia que les separa, han descubierto tener mucho más en común de lo que podría parecer a simple vista. Hallazgo que tiene su explicación a nivel psicológico: “Abuelos y nietos son dos extremos que se encuentran. Ambos disponen de mayor libertad, tiempo y actitud abierta, por ello se suele producir un vínculo de gran empatía. Así, cualquier actividad compartida acaba siendo muy positiva para ambos. Los abuelos enseñan algo de su mundo a los nietos, y los nietos llevan a su terreno a los abuelos, abriéndoles nuevas posibilidades y experiencias”, apunta Cristina Llagostera. Liberados de las ataduras laborales, los abuelos entrevistados por ES han aprovechado para transmitir a los más pequeños su pasión por un tema en concreto, algo que, por falta de tiempo, no se produjo en su día con sus hijos. De la experiencia cuentan maravillas: los niños les modernizan, les ayudan a desconectar y, por encima de todo, les inundan de orgullo. Ysí, han hecho mucho de canguro, pero tener un hobby en común es otra cosa. Es una vía para que ellos también puedan hacer lo que más les gusta. Los nietos, a su vez, se sienten estimulados. Les mueven el afán de superación y la competitividad, quieren alcanzar el nivel de experiencia de sus maestros-abuelos, a quienes ven como los aliados perfectos para aprender cosas nuevas de forma divertida. Cierto será que se llevan muchos años, pero la diferencia de edad no ha sido en su caso un impedimento para desarrollar un interés común y acabar convirtiéndose en auténticos amigos.

LOS PULMONES (SINDROME DE SWYER-JAMES)

http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/434/43449409.pdf

http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0717-93082002000400004&script=sci_arttext

http://www.sogapar.org/pneuma/pneuma11/pneuma-n-11-5.pdf

http://www.scielo.sa.cr/scielo.php?pid=S0001-60022007000400009&script=sci_arttext

http://scielo.isciii.es/scielo.php?pid=S0212-71992006001100014&script=sci_arttext

Vías Respiratorias

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http://www.separ.es/doc/pacientes/enf_resp/Cap18.pdf

LA CONCEJALA ANTROPÓFAGA

Wolbachia una bacteria contra el DENGUE

Parásito contra el dengue
OMS/TDR/Stammers
El Aedes aegypti es el principal vector del dengue y de la fiebre amarilla.

La vida de los mosquitos que transmiten el dengue se podría reducir a la mitad, según investigadores de la Universidad de Queensland, en Brisbane, Australia.

En un artículo publicado en la revista especializada Science, los científicos explicaron que utilizaron una bacteria llamada Wolbachia, uno de los microbios parasíticos más comunes, para infectar a mosquitos.

Desde hace algún tiempo se ha hablado de la posibilidad de controlar a las poblaciones de mosquitos con este parásito, pero este último estudio demostró, por lo menos en condiciones de laboratorio, que es posible hacerlo.

Los mosquitos vectores de la enfermedad normalmente no son susceptibles a la bacteria, por lo que los investigadores la adaptaron para lograr la infección.

El dengue, que se transmite a través de mosquitos de la familia Aedes, afecta anualmente a miles de personas en los países tropicales.

Sólo los más viejos

En el experimento, la vida de los mosquitos infectados con la bacteria se disminuyó a unos 20 días, en lugar de los aproximadamente 50 días que suelen durar.

Tratamiento a efermos de dengue en una carpa, en Brasil
El dengue afecta a miles de personas anualmente en los países tropicales.

Esto es importante porque, una vez que un mosquito adquiere el virus al picar a un animal o a un ser humano que tenga la enfermedad, hay un período de incubación de una a tres semanas, antes de que pueda transmitirla.

Como resultado, sólo los mosquitos más viejos representan un peligro real para los seres humanos, en lo relativo al dengue, y si se acorta la vida de los insectos las probabilidades de infección se reducen.

La bacteria puede pasar de las hembras infectadas a sus hijos. Además, produce cambios a los machos infectados que sólo les permiten reproducirse con hembras infectadas.

Los investigadores dijeron que el uso de la Wolbachia podría convertirse en un método potencialmente barato de hacer frente al problema, en particular en las áreas urbanas.

Pero advirtieron que todavía queda por ver cuán bien la bacteria modificada se puede propagar fuera del laboratorio y dijeron que el virus del dengue también se podría adaptar para sobrevivir.

¿SON CULTOS LOS ESTADOUNIDENSES?

LOS RONQUIDOS QUEMAN CALORIAS

El que ronca quema más calorías
BBC Ciencia

La gente con problemas respiratorios relacionados al sueño parece quemar más calorías cuando duerme, afirma una nueva investigación.

Persona durmiendo
Las personas con apnea severa quemaron 373 calorías adicionales.

Según el estudio publicado en Archives of Otolaryngology (Archivos de Otolaringología) de la Asociación Médica e Estados Unidos, entre más grave el trastorno más calorías quemadas.

Estos trastornos respiratorios incluyen ronquido, pausas respiratorias (llamada apnea) y otras condiciones en las que las vías respiratorias quedan parcial o completamente obstruidas durante el sueño.

Tal como señalan los investigadores de la Universidad de California, San Francisco, las personas que sufren apnea severa queman 373 calorías adicionales cada día, comparados con los que padecen apnea leve.

Al parecer, dicen los investigadores, esto se debe a cambios en el sistema nervioso.

Y las consecuencias se sienten durante el día, cuando las personas que sufren apnea de sueño sufren ansias de comer o demasiada pereza para hacer ejercicio.

Apnea y obesidad

Persona durmiendo
Se sabe que el apnea de sueño está vinculada a la obesidad, pero no es claro por qué.

Los investigadores estadounidenses midieron el número de calorías que 212 pacientes quemaban mientras dormían con un aparato llamado calorímetro, que registra el consumo de oxígeno y la producción de dióxido de carbono de la persona.

En promedio, dicen los autores, los voluntarios gastaron 1.763 calorías al día. Pero los que mostraron los síntomas más severos de apnea gastaron 1.999 calorías.

Y aquéllos con síntomas más leves quemaron en promedio 1.626 calorías.

Las calorías adicionales que queman las personas con apnea severa, dicen los autores, equivale al número de calorías que se queman durante una rutina vigorosa de ejercicio durante 30 minutos en el gimnasio.

Según los científicos, la causa podría ser que el sistema nervioso utiliza energía para responder a la pobre calidad de los patrones de sueño de los que roncan de forma pesada.

Sin embargo, tal como señalan los autores, esto no explica por qué ser obeso y tener apnea parecen coexistir a menudo.

Lo que se sabe, agregan, es que el trastorno de sueño a menudo resulta en fatiga y otras decrementos en las funciones diarias que pueden limitar la actividad física.

 

Los científicos subrayan que ahora tendrán que llevar a cabo más investigaciones para comprobar el efecto de los trastornos de respiración asociados al sueño en el peso corporal.

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